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viernes, marzo 24, 2006

"Formación docente

El rendimiento académico de los estudiantes chilenos es decepcionante. Se ha avanzado en cobertura y, por consiguiente, en escolaridad. Eso es meritorio, pero no es razonable destacar esto para contraponerlo a los deficientes logros educativos. Desde luego, ambos objetivos son compatibles y, además, el aumento de la escolaridad parece explicarse tanto por el crecimiento económico como por las políticas educativas. Entre éstas no destacan las más tradicionales, sino el financiamiento de la educación mediante bonos, que constituye un incentivo efectivo para que los establecimientos educacionales atraigan nuevos estudiantes.
Los escasos avances en calidad han puesto en duda la eficacia de las reformas introducidas en los últimos años: cambios curriculares, énfasis en nuevos métodos de enseñanza, extensión de la jornada, aumentos significativos en salarios de los profesores, por mencionar sólo algunas. Ahora, el énfasis parece haberse trasladado a la formación de profesores, y es común escuchar que la reforma no ha rendido los frutos deseados porque la insuficiente preparación de los profesores no les ha permitido ajustarse a la reforma.
Ciertamente, un profesor de calidad produce una diferencia. Investigaciones realizadas en otros países sugieren que un buen profesor, en un año académico, puede hacer avanzar a sus estudiantes en el equivalente a un grado y medio. En cambio, en el mismo año académico, un mal profesor logra que sus estudiantes avancen apenas un semestre. Esto significa que si a un estudiante de bajos ingresos le cambian su profesor promedio por uno bueno, en tres años logra compensar las desventajas que derivan de provenir de una familia de bajo capital cultural, y estaría en condiciones de equiparar el rendimiento académico de un estudiante cuya familia es de alto capital cultural y tiene un profesor promedio.
Pero, ¿cómo se forma un profesor de alta calidad? La verdad es que no se sabe mucho al respecto, y se postulan distintos caminos: cambios curriculares en la formación inicial, cursos de especialización o posgrado, exámenes de certificación, aumentos salariales, entre otros. La evidencia empírica acumulada no avala ninguna de estas hipótesis: la calidad de los profesores no se puede ligar fácilmente a sus características. Intentar avanzar en esta dirección es poner nuevamente los acentos en los insumos educativos, pero esta política ha probado ser insatisfactoria y debe evitarse a propósito de la calidad de los profesores. Incluso puede ser contraproducente. Por ejemplo, requisitos de certificación pueden reducir la oferta potencial de profesores y, por esa vía, su calidad futura.
La prioridad, por tanto, debería asignarse a los resultados educativos, y remunerar a los profesores en función de esos resultados. Actualmente, en Chile, más del 90 por ciento de las diferencias que existen entre las remuneraciones altas y bajas de los profesores obedece a la antigüedad. Mientras los esfuerzos de los profesores estén desligados de los rendimientos estudiantiles, los esfuerzos dirigidos a certificar a los profesores, a modificar su formación inicial o a aumentar su salario promedio, no producirán impactos significativos sobre la calidad de la educación.
En general, los profesores rechazan estas remuneraciones variables, pero eso ocurre, principalmente, porque no siempre se evalúa aquello que ellos pueden controlar. Los exámenes de valor agregado que miden lo que el profesor agrega al aprendizaje de los estudiantes debieran ser la norma para definir las remuneraciones. Esto permitiría aplacar los temores de los profesores, así como premiar a los buenos y desincentivar a los deficientes. "

Fuente: www.elmercurio.com