"Ética de la ficción
Jorge Peña Vial
Wayne Booth en "The company we keep", ha intentado con erudición literaria y sensatez moral, establecer las bases de una ética de la ficción. La grandeza de la literatura no puede ser determinada exclusivamente por parámetros literarios, aunque sean éstos condición "sine qua non". Booth dedica su libro a Paul Moses, brillante profesor negro prematuramente fallecido de la Universidad de Chicago, quien provocó un gran escándalo académico cuando se negó a enseñar "Huckleberry Finn". En su defensa argumentó: "Es duro para mi decirlo, pero debo decirlo de todos modos. Yo simplemente no puedo enseñar de nuevo 'Huckleberry Finn'. El modo como Twain describe a Jim es tan ofensivo para mí que me lleno de ira en clase, y esos jóvenes blancos liberales no pueden entender la razón de mi enojo. Es más, no creo que sea correcto ofrecerles a los estudiantes, ya sean blancos o negros, las abundantes perspectivas distorsionadas acerca de la raza en las que este libro está basado. No, no estoy objetando el uso de la palabra "nigger", sino todo el conjunto de supuestos acerca de la esclavitud y sus consecuencias, y respecto al modo como los blancos deben tratar con los esclavos liberados y como éstos deben o pueden comportarse con los blancos, sean buenos o malos. Ese libro es justamente lo que llamaría una pésima educación, y lo que para mí lo hace aún más problemático es el hecho de que esté escrito de modo tan clarividente". El hecho de impugnar un clásico resultaba inédito para profesores que habían sido entrenados ante todo para tratar "el poema como poema", sin ninguna otra consideración más allá del valor inherente de la obra misma. El posible daño que implicara para los estudiantes o lectores, eran consideraciones que sólo estaban en los labios de los enemigos de la cultura y de los censores fundamentalistas. La crítica sofisticada sólo admite juicios morales contra la literatura basura o la meramente comercial.
Knut Ahnlud, prestigioso critico literario y uno de los dieciocho académicos vitalicios, renunció a la Academia Sueca que otorga el Nobel en protesta por la concesión del premio el 2004 a la escritora austriaca Elfried Jelinek. Ese otorgamiento, según él, desprestigiaba sin remedio el Nobel de Literatura. Cuando Alfred Nobel esbozó los criterios artísticos que deberían tenerse en cuenta para la designación de los candidatos, estableció que la obra literaria de los aspirantes debería poseer "una especie de academicismo estético, que dé prioridad al equilibrio, la armonía y las ideas puras y nobles en el arte narrativo". Ninguna de estas cualidades está presente en la Nobel austriaca, a juzgar por el extenso artículo que Ahnlud publicó en el diario Svenski Dagladet, en el que pasa revista a todas y cada una de las obras de Jelink. Define su obra como "porno violento y quejica", con una "desordenada falta de ideas y visiones", que desemboca en "una verborrea donde ocurrencias casuales se extienden a lo largo de diez o cien páginas sin que se diga nada (...) La pornografía se ha infiltrado en ofertas culturales respetables y aceptadas, un porno avanzado puede actuar como indignación y se convierte en una salida fácil desde el punto de vista comercial. A esta sección pertenece a grandes rasgos todo lo que ella ha escrito".
Jelink -continúa Ahnlud- "ha producido una masa de textos sin huella alguna de estructura artística sobre temas pornográficos como el sadismo, el masoquismo, humillación y ultrajes". Todo esto da de qué pensar, pero está silenciado y es políticamente incorrecto."
Fuente: Artes y Letras, El Mercurio.
